2013
“Es el país de la sencillez, de la mirada sincera,
y eso a su vez es una forma de resistencia.”
Fue para finales de noviembre de 2013 cuando Espaliú y yo pudimos volar juntos hacia Teherán. Él l ya era la tercera vez que viajaba, para mí la primera. Sacamos un visado urgente. Un folio impreso que nos enviaron por email bastó para darnos permiso y poder explorar ese país tan hermético.
La Ashura era el propósito del viaje, conocerla, comprenderla, vivirla y fotografiarla en la milenaria ciudad de Yazd (یزد), una de las ciudades más antiguas y de mayor importancia histórica de Irán. Así lo venía haciendo Espaliú en estos dos años atrás. No obstante, para mí sería algo más que eso, para mí sería el poder comprobar si Irán era realmente lo que me contaban la prensa en el mundo occidental.
La Ashura es una “festividad” religiosa islámica, sobre todo “celebrada” en el ámbito del chiismo, que se honra en el décimo día del mes de Muharram, primero del calendario lunar islámico. Para los musulmanes sunitas Ashura es un día de ayuno.
Pero para los chiíes es algo más, mucho más, es el recuerdo del asesinato del Imán Husein, al que consideran sucesor legítimo del profeta Mahoma, del que era nieto. 1Conocer la Ashura fue conocer de otra forma la Semana Santa de Sevilla. Las similitudes que existen entre estos dos rituales, por diferentes que sean sus religiones, a veces llegan a ser sorprendentes: su cuaresma, gastronomía, costaleros, las hermandades y esos chiquillos tocando el tambor por las calles de Teherán que te hacen sentir que estas en Sevilla y que no somos tan distintos.
Pero más allá de lo religioso, que impregna a casi todo en esté país, están, como siempre, las personas. El sentimiento de proximidad que regalan los habitantes de Persia es maravilloso, es casi una filosofía: la cotidianidad, el gesto de la casa, la invitación, la lentitud...
Es el país de la sencillez, de la mirada sincera, y eso a su vez es una forma de resistencia. Josep María Esquirol lo describe muy bien en La resistencia Intima: «Reconocemos que resistencia íntima es el nombre de una experiencia, propia de la comarca de la proximidad; comarca que no es visita de un día, sino habitual estancia. Pero hoy cuesta quedarse en ella. La proximidad no se mide en metros ni en centímetros. Su opuesto no es la lejanía sino, más bien, la ubicua monocromía del mundo tecnificado. Hemos visto cómo la cotidianidad y el gesto de la casa son importantísimas modalidades de la experiencia de la proximidad». Y es que todavía se percibe en el aire el murmullo de lo artesano, la meditación como oración y el descanso necesario.
Los oficios se descubren a cada rincón de las ciudades como santuarios de sabiduría que resisten a la actualidad, no como un acto de rebeldía sino de supervivencia.1
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1 Extracto de «La belleza como justicia y fin pacificador», un artículo escrito para el 2º número de la revista Maasåi Magazine, 2018.
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