2024
Mitrovica: una ciudad donde
convergen dos mundos.
Tras disfrutar de la cálida hospitalidad albanokosovar y recorrer la peculiar Pristina, una ciudad marcada por su fervor pro-estadounidense con sus American Corners (esos espacios dedicados a promover la cultura y los valores de EE. UU.), me embarqué en la misión de llegar a Mitrovica en bus. Porque sí, en la antigua Yugoslavia los autobuses son parte de la esencia del viaje. Aunque un momento, antes de coger el bus, dejadme que insista con los American Corners, en Pristina se multiplican en las esquinas, y el sueño de ser parte de la Unión Europea y, eventualmente, de Albania, sigue vivo entre sus habitantes. Por ejemplo, una encuesta reciente publicada por el Instituto de Estudios del Sudeste Europeo reveló que más del 75% de los kosovares consideran la adhesión a la UE como una prioridad nacional, mientras que cerca del 40% apoyan la idea de una futura unificación con Albania. Este anhelo, alimentado por la promesa de estabilidad económica y seguridad, contrasta con la realidad política del país, que aún enfrenta grandes retos para su integración regional.
Sigo con mi periplo. Encontrar el bus fue toda una odisea. Media hora de preguntas sin respuestas, vueltas por la estación, hasta que un joven amable me ayudó a conseguir el ansiado billete por tan solo 1,50 €. Así cubrí los 45 kilómetros que separan la capital de mi destino. Pero, ¿por qué Mitrovica? (La misma pregunta que me hizo con asombro el conductor del bus cuando le pregunté por el trayecto).
Y es que podría comenzar escribiendo sobre el emblemático puente sobre el río Ibar, que más que unir separa: divide a serbios y kosovares. Sin embargo, para entender el presente de esta ciudad y su importancia política, hay que remontarse, nada más y nada menos que, a 1999. Y eso es lo que haré, no sin antes adelantar algunos datos sobre Mitrovica: este municipio del norte de Kosovo cuenta con unos 68,000 habitantes que viven aún atrapados entre dos mundos: al norte, 20,000 serbios resisten aferrados a Belgrado, mientras que, al sur, 48,000 albaneses kosovares reivindican su independencia. Estas son estimaciones aproximadas, ya que la última información censal oficial de la que se dispone debido a las tensiones políticas ha dificultado la realización de censos precisos en años recientes.
Ahora tenéis que imaginad que estamos a finales de los 90, Yugoslavia está desintegrada y las tensiones étnicas entre albaneses y serbios culminan en un conflicto armado. Está, por una parte, el UCK, el Ejército de Liberación de Kosovo, que lucha por la independencia. Y Serbia, que bajo el control de Slobodan Milošević responde con una campaña militar y de limpieza étnica. Por otra parte, la OTAN interviene con bombardeos (sí, como escucháis, bombardeos), obligando a Serbia a retirar sus soldados de Kosovo. Kosovo queda bajo el control de la administración de la ONU (UNMIK). Para ponernos en situación, Bill Clinton preside Estados Unidos en este momento (en Kosovo quieren tanto a este hombre que le han construido una estatua en una avenida con su nombre). Y aquí aparece Mitrovica como un último bastión de resistencia entre dos fuerzas, un microcosmos definitivo donde dos etnias contrarias se hacen fuertes en su lucha, un escenario de enfrentamientos que se mantendrá por el tiempo encendido como las ascuas del fuego.
Ahora sí, llegamos al famoso puente de la discordia, un símbolo de división vigilado por fuerzas internacionales (KFOR) y, sorprendentemente, por una unidad especializada de los Carabinieri italianos.
Pero más allá de la vertiente política, para cualquier fotógrafo de autor amante del territorio, la geografía humana y la arquitectura (sobre todo la brutalista), este tipo de ciudades son un festín visual. Mitrovica ofrece una estampa congelada en un conflicto que parece relajarse solo en el paisaje, aunque sus calles y edificios cuentan una historia más compleja. Los bloques de apartamentos, muchos de ellos con fachadas erosionadas por el tiempo y la falta de mantenimiento, reflejan el impacto de las tensiones políticas y el estancamiento económico. El Monumento a los Mineros, con su imponente presencia, contrasta con el ambiente de incertidumbre que se respira en la ciudad. Este monumento recuerda cómo la arquitectura puede ser a la vez un vestigio de glorias pasadas y un testimonio de las divisiones presentes. Consejo para románticos: no se puede dejar de visitar este inmenso bloque de hormigón, una estructura emblemática diseñada por el arquitecto Bogdan Bogdanović. Este gigante de concreto y metal rinde homenaje a los trabajadores de las minas de Trepča, cuyo control ha sido objeto de disputa entre ambas comunidades. Desde su base, se divisa una vista imponente de la ciudad, en un juego de contrastes que pone en evidencia las cicatrices de su historia reciente. Desde este punto, se observa una urbe que intenta avanzar como puede, aunque aún permanece anclada en las tensiones que dividen a sus habitantes, recordando el peso del pasado y el desafío de un futuro compartido.
Ya dejamos atrás el norte de Mitrovica ante las miradas de carabineros que controlan el tránsito en el puente y volvimos a la Kosovo agradecida —y tal vez, un tanto ilusa— con Estados Unidos. Este contraste entre el norte, leal a Serbia y con una fuerte dependencia de Belgrado, y el sur, controlado por el gobierno de Kosovo y con una identidad albanesa consolidada, encapsula la compleja realidad política de Mitrovica. La ciudad permanece atrapada en una división que parece insalvable, con un puente que simboliza tanto las heridas abiertas como la posibilidad de reconciliación.
Las tensiones persisten, pero también hay razones para la esperanza. Existen iniciativas comunitarias y esfuerzos internacionales que buscan fomentar la reconciliación, como los programas de intercambio cultural organizados por la OSCE o los proyectos educativos impulsados por la ONG Community Building Mitrovica, que intentan tender puentes entre los jóvenes de ambas comunidades. En Mitrovica, las cicatrices del pasado siguen abiertas, pero bajo sus cielos grises post-soviéticos late una esperanza que, aunque aún frágil, podría unificar finalmente a un pueblo que solo anhela vivir mejor, con el tiempo y con la política —siempre la política— como actores clave en este proceso de sanación.
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Crónica escrita para DiarioRed el 11/01/25.
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